La parte radicular o raíces ejercen varias funciones importantes para la planta como son la de fijación, absorción y la de reserva de energía. La calidad y tipología del sustrato donde sembramos las plantas es un factor imprescindible a tener en cuenta para garantizar un buen funcionamiento de su sistema circulatorio como también un aspecto ornamental óptimo de las mismas. Para ello es necesario conocer, previamente a la plantación, las siguientes características del suelo:

La textura. Indica el contenido relativo de partículas de diferente tamaño, como la arena, el limo y la arcilla, en el suelo. Dependiendo del porcentaje de tamaños que se obtenga de partículas tendremos diferentes tipologías de suelos. La textura tiene que ver con la facilidad con que se puede trabajar el suelo, la cantidad de agua y aire que retiene y la velocidad con que el agua penetra en el suelo y lo atraviesa.

La estructura. Está compuesta por las partículas de limo, arcilla y arena, y cuanto más unidas se encuentran, mayor es la calidad del suelo. Esto repercute directamente en la aireación del terreno, tanto como en la retención de humedad y circulación de agua.

El ph. Todos hemos oído hablar alguna vez sobre la alcalinidad (valor del sustrato que va desde el 7 al 14) o acidez (valor comprendido entre 1 al 6) y el valor neutro (el 7). La disposición de los macronutrientes y micronutrientes para la planta del ph que disponemos.

Por lo general, el pH del suelo normal en zonas húmedas es de 5 a 7, mientras que para zonas áridas y calcáreas de 7 a 8.5. Cualquier desequilibrio del pH debe ser rectificado para garantizar un buen desarrollo de la planta.

Publicado: 24 de Enero de 2018 a las 16:20